Hay una forma de entender la innovación pública que se ha vuelto dominante actualmente: la que la convierte en una cuestión de herramientas, de digitalización acelerada o de incorporación constante de nuevas tecnologías. Es una visión cómoda, medible y fácilmente comunicable. Pero también es limitada. Porque deja intacto lo más relevante: las lógicas que estructuran cómo decidimos, cómo priorizamos y cómo operamos dentro de nuestras Administraciones públicas.
Si uno se toma en serio lo que planteaba Michel Foucault sobre el poder —no como algo que reside únicamente en las instituciones, sino como una red de prácticas, normas y discursos que atraviesan lo cotidiano— entonces la innovación pública deja de ser un ejercicio técnico y pasa a ser una intervención sobre esas prácticas. Y ahí aparece una idea incómoda pero útil: innovar, muchas veces, es resistir.
No resistir en un sentido épico o confrontacional. Resistir de forma situada, concreta, casi silenciosa. Lo que podríamos llamar microresistencia.
Durante años, buena parte de la literatura sobre innovación ha insistido en su carácter disruptivo. Desde Joseph Schumpeter y su «destrucción creativa» hasta los enfoques más contemporáneos de innovación abierta impulsados por Henry Chesbrough, la idea dominante ha sido que innovar implica romper con lo existente. En el sector público, sin embargo, esta narrativa encaja mal. No porque no haya que transformar, sino porque la transformación institucional rara vez ocurre mediante rupturas abruptas. Ocurre, más bien, mediante acumulaciones de pequeños desplazamientos.
NOTA: Podéis ver la entrada completa publicada bajo el mismo título en el Blog de esPublico, disponible en el siguiente enlace.

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