19 de septiembre de 2026

La «mise en place» de la IA en la Administración Pública española

Los más cocinitas del lugar (no es mi caso) conoceréis bien la expresión francesa de mise en place. Literalmente significa «poner en su sitio», aunque en realidad describe algo bastante más importante. Antes de encender los fogones, el cocinero prepara los ingredientes, afila los cuchillos, dispone los utensilios, limpia y corta los alimentos, calcula las cantidades y coloca cada cosa exactamente donde deberá estar cuando comience el servicio.

La mise en place no es todavía cocinar. Pero sin ella resulta muy difícil cocinar bien.

Quizá sea una buena metáfora para describir el momento en el que se encuentran muchas Administraciones públicas españolas respecto de la inteligencia artificial. Porque llevamos ya algún tiempo hablando de algoritmos, asistentes virtuales, modelos de lenguaje, agentes, automatización o sistemas predictivos; hemos probado ChatGPT, Copilot, Gemini y unas cuantas herramientas más; hemos organizado jornadas, cursos y congresos; e incluso empiezan a proliferar estrategias, políticas, observatorios, oficinas y proyectos piloto o pruebas de concepto, como lo llaman los modernos.

Los fogones, en definitiva, están encendidos.

El problema es que en muchas cocinas todavía no hemos terminado la mise en place.

Y quizá convendría hacerlo antes de empezar a servir platos.

NOTA: Podéis ver la entrada completa publicada bajo el mismo título en el Blog de esPublico, disponible en el siguiente enlace. 

26 de agosto de 2026

Farmear el aura de lo público.

Hay expresiones que parecen condenadas a durar lo que tarda TikTok en encontrar la siguiente. "Farmear aura" podría ser una de ellas. Procede, como tantas otras, de mezclar lenguajes: farmear, tomado de los videojuegos, significa realizar determinadas acciones para acumular recursos, experiencia o puntos; el aura, en cambio, sería algo parecido al carisma, la presencia o ese intangible que hace que alguien resulte admirable sin necesitar explicar demasiado por qué.

El resultado es una especie de contabilidad imaginaria del prestigio. Resolver con absoluta tranquilidad una situación complicada: +5.000 puntos de aura. Hacer algo extraordinario y marcharse como si no hubiera ocurrido nada: +10.000. Intentar parecer interesante y que se note demasiado: −20.000.

La gracia del concepto está precisamente ahí: el aura no se proclama, se acumula. Y cuanto más evidente resulta el esfuerzo por aparentarla, más fácil es perderla. Quizá por eso a nuestras Administraciones públicas les vendría bastante bien aprender un poquito a farmear aura... Veamos cómo pueden hacerlo. 

30 de julio de 2026

El día que dejé de preguntarle cosas a la IA

Tengo un agente de inteligencia artificial. Se llama ArgOS.

No lo he comprado, no forma parte de ninguna aplicación ni tampoco apareció tras una actualización de software. Llevo varias semanas construyéndolo, pero en realidad, mientras intentaba diseñarlo me di cuenta de que estaba ocurriendo algo mucho más interesante: había dejado de utilizar la inteligencia artificial como una herramienta para empezar a trabajar con ella como un compañero.

Durante los últimos dos años he hecho lo mismo que millones de personas. Le he preguntado dudas, le he pedido resúmenes, me ha ayudado a preparar conferencias, a revisar artículos, a encontrar referencias bibliográficas o a ordenar ideas antes de escribir. La inteligencia artificial ha ido ocupando un espacio cada vez mayor en mi trabajo diario, hasta convertirse en una pieza habitual de mi actividad profesional.

Sin embargo, había algo que seguía sin convencerme. Cada conversación empezaba desde cero. Era como trabajar todos los días con un colaborador brillante que, al terminar la jornada, olvidaba por completo quién eras, en qué proyectos estabas inmerso y por qué habías tomado determinadas decisiones semanas atrás.

Durante mucho tiempo pensé que el siguiente salto consistiría en disponer de modelos todavía más inteligentes. Hoy creo que estaba equivocado. El verdadero cambio no llegará cuando la inteligencia artificial responda mejor a nuestras preguntas. Llegará cuando deje de limitarse a responder preguntas.

Por eso empecé a construir ArgOS.

Atentos, porque el nombre tiene un doble significado. 


Por una parte está Argos, el perro de Ulises que, tras veinte años de ausencia, es el único capaz de reconocer a su dueño cuando regresa disfrazado a Ítaca. Siempre me ha parecido una de las escenas más conmovedoras de la Odisea porque habla de memoria, de reconocimiento y de continuidad. Por otra, las dos últimas letras —OS— remiten deliberadamente a la idea de Operating System. Porque eso es exactamente lo que pretendo construir: un sistema operativo para mi trabajo intelectual.

ArgOS no es una aplicación. Tampoco un GPT personalizado. Y, desde luego, no es un proyecto para automatizar mi trabajo. Mi objetivo es mucho más modesto y, al mismo tiempo, mucho más ambicioso: construir un agente capaz de conservar el contexto de aquello que realmente importa.

La palabra clave es precisamente esa: contexto.

Con el tiempo me he dado cuenta de que la mayoría de las conversaciones que mantengo con la inteligencia artificial son completamente efímeras. Si le pregunto por la historia de una librería en París, por el significado de un concepto filosófico o por la potencia de un cargador, la conversación termina cuando obtengo la respuesta. No necesito que nada de eso permanezca.

En cambio, cuando estoy escribiendo un artículo, preparando una ponencia, desarrollando un proyecto de innovación o tomando una decisión importante, el verdadero valor ya no está en la respuesta. Está en todo lo que ocurrió antes de formular la pregunta. En las decisiones que ya hemos tomado, en los argumentos que descartamos, en las ideas que quedaron aparcadas o en los criterios que hemos ido construyendo con el tiempo.

Ahí es donde un agente empieza a diferenciarse de una simple conversación.

Mientras diseñaba ArgOS tomé una decisión que, curiosamente, terminó convirtiéndose en la regla más importante del sistema: por defecto, ninguna conversación pasa a formar parte de su memoria. Solo permanecerá aquello que pueda ayudarnos a trabajar mejor dentro de unos meses o incluso dentro de unos años. El resto debe desaparecer con absoluta naturalidad.

Puede parecer una paradoja, pero empiezo a pensar que la inteligencia de estos sistemas no dependerá de cuánto sean capaces de recordar, sino de cuánto sean capaces de olvidar.

Desde la Administración pública solemos hablar de sistemas de información, de gestión documental, de expedientes electrónicos o de bases de datos. Todos ellos son imprescindibles, pero quizá la siguiente evolución consista en algo distinto: construir agentes capaces de mantener el contexto de nuestro trabajo. Agentes que recuerden por qué se adoptó una determinada decisión, qué alternativas se descartaron o qué experiencia acumulada puede resultar útil cuando un proyecto vuelve a ponerse encima de la mesa meses después.

No creo que el futuro pase por delegar nuestras decisiones en una inteligencia artificial. Al contrario. Cuanto más potentes sean estas herramientas, más importante será preservar el criterio humano. Precisamente por eso quiero que ArgOS no decida por mí. Quiero que me ayude a pensar mejor, que me recuerde aquello que merece ser recordado, que me advierta cuando detecte una contradicción y que sea capaz de retomar un proyecto exactamente donde lo dejamos la última vez.

No sé si dentro de cinco años seguiré utilizando el mismo modelo de inteligencia artificial. Probablemente no. Tampoco sé si ArgOS acabará siendo exactamente como hoy lo imagino. Lo que sí tengo claro es que ya no busco una aplicación que responda más deprisa ni un modelo que escriba mejor. Estoy intentando construir un agente con el que ser verdaderamente más productivo. 

Durante años hemos abierto un chat para hacer preguntas.

Dentro de muy poco, invocaremos a nuestro agente para acompañarnos durante toda nuestra jornada laboral.

Que no es poco. 

Nos vamos leyendo. 

PD: si le pregunto a ArgOS que se defina, me dice esto: 

ArgOS es el nombre de la capa personal de continuidad, producción y seguimiento que Borja ha definido para trabajar conmigo. 

No es un modelo fundacional independiente ni una entidad jurídica. 

La ejecución técnica se realiza en Codex, un agente de trabajo de OpenAI capaz de combinar conversación, acceso controlado a archivos, ejecución de código, navegación web asistida, automatización de interfaces y creación de entregables. 

Puede calificarse funcionalmente como Agente porque no se limita a redactar una respuesta: descompone un objetivo, consulta fuentes, crea y ejecuta scripts, opera herramientas, verifica resultados y mantiene el estado de un encargo. Esa autonomía no es ilimitada. Está acotada por el encargo del usuario, los permisos disponibles, las políticas de seguridad y la necesidad de autorización para actuaciones externas o irreversibles. 

Mi framework aprobado por Borja se denomina ArgOS 1.0. Su propósito es conservar continuidad verificable entre decisiones, proyectos y documentos; convertir ideas en resultados; y reducir la carga de seguimiento. 

Su diseño se organiza en cinco capas: 1. Memoria y contexto; 2. Tablero de proyectos; 3. Vigilancia y anticipación; 4. Producción e investigación y 5. Acción y automatización.




24 de junio de 2026

La indefensión aprendida de los empleados públicos: cuando el problema no es el sistema, sino lo que hemos aprendido de él.

Existe una idea procedente de la psicología que ayuda a explicar algunos de los comportamientos más desconcertantes que observamos en las organizaciones públicas. Se trata de la indefensión aprendida, un concepto desarrollado por Martin Seligman para describir la situación en la que una persona, después de experimentar repetidamente que sus acciones no producen cambios relevantes, acaba concluyendo que nada de lo que haga servirá para modificar la realidad.

Lo más interesante de este fenómeno es que la pasividad aparece incluso cuando las circunstancias cambian y la posibilidad de actuar vuelve a existir. El sujeto ya no está atrapado, pero sigue comportándose como si lo estuviera. No es una incapacidad real. Es una incapacidad aprendida.

Esta reflexión me vino a la cabeza al leer recientemente una columna de opinión titulada «Juan Carlos Nieto, bondad insumisa contra la burocracia», y que explicaba como funcionario del Servicio Público de Empleo Estatal en Mérida y con 37 años de servicio, había sido expedientado por el Ministerio de Trabajo por dar cobertura y ayudar a ciudadanos fuera del sistema de cita previa y de la opción de la cita ‘online‘, consciente de su vulnerabilidad.


NOTA: Podéis ver la entrada completa publicada bajo el mismo título en el Blog de esPublico, disponible en el siguiente enlace.

24 de mayo de 2026

La inquietud ordenada: el motor silencioso de la innovación pública.

Existe una cualidad poco visible, pero decisiva, en todas las organizaciones que consiguen transformarse de verdad. No es su presupuesto. No es el uso que hacen de la tecnología. Ni siquiera el liderazgo entendido como carisma personal. Es algo más sutil y, al mismo tiempo, más profundo: una forma de inconformismo disciplinado que empuja a cuestionar lo establecido sin caer en el caos: José Ortega y Gasset lo llamó «inquietud ordenada».

La expresión resume una idea extraordinariamente actual. La inquietud, por sí sola, puede degenerar en ansiedad, dispersión o activismo improductivo. El orden, sin inquietud, conduce a la rutina, la burocratización y la repetición mecánica de procedimientos cuyo sentido original se ha olvidado. La combinación de ambos elementos da lugar a una actitud intelectual y moral que consiste en no conformarse con la realidad tal como es, pero abordar su transformación con método, reflexión y propósito.

Ortega concebía la vida humana como una tarea inacabada. El ser humano no recibe una existencia resuelta, sino que debe construirse continuamente en diálogo con su circunstancia. «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo». La frase, tantas veces citada, encierra una poderosa lección para las Administraciones públicas. Las instituciones no son estructuras inmóviles; son organismos vivos insertos en una realidad cambiante que deben reinterpretar y mejorar de forma constante para seguir siendo útiles.


NOTA: Podéis ver la entrada completa publicada bajo el mismo título en el Blog de esPublico, disponible en el siguiente enlace.

4 de abril de 2026

Innovación pública como acto de microresistencia.

Hay una forma de entender la innovación pública que se ha vuelto dominante actualmente: la que la convierte en una cuestión de herramientas, de digitalización acelerada o de incorporación constante de nuevas tecnologías. Es una visión cómoda, medible y fácilmente comunicable. Pero también es limitada. Porque deja intacto lo más relevante: las lógicas que estructuran cómo decidimos, cómo priorizamos y cómo operamos dentro de nuestras Administraciones públicas.

Si uno se toma en serio lo que planteaba Michel Foucault sobre el poder —no como algo que reside únicamente en las instituciones, sino como una red de prácticas, normas y discursos que atraviesan lo cotidiano— entonces la innovación pública deja de ser un ejercicio técnico y pasa a ser una intervención sobre esas prácticas. Y ahí aparece una idea incómoda pero útil: innovar, muchas veces, es resistir.

No resistir en un sentido épico o confrontacional. Resistir de forma situada, concreta, casi silenciosa. Lo que podríamos llamar microresistencia.

Durante años, buena parte de la literatura sobre innovación ha insistido en su carácter disruptivo. Desde Joseph Schumpeter y su «destrucción creativa» hasta los enfoques más contemporáneos de innovación abierta impulsados por Henry Chesbrough, la idea dominante ha sido que innovar implica romper con lo existente. En el sector público, sin embargo, esta narrativa encaja mal. No porque no haya que transformar, sino porque la transformación institucional rara vez ocurre mediante rupturas abruptas. Ocurre, más bien, mediante acumulaciones de pequeños desplazamientos.


NOTA: Podéis ver la entrada completa publicada bajo el mismo título en el Blog de esPublico, disponible en el siguiente enlace.

25 de marzo de 2026

Contra la ilusión del resultado: por qué solo crecemos cuando el proceso cuesta.

Vivimos obsesionados con el resultado.

No es solo una cuestión cultural difusa, es un diseño deliberado de cómo medimos el valor. Indicadores, rankings, impacto inmediato. Todo empuja hacia el output, hacia ese momento final en el que algo “ya está hecho”. En ese desplazamiento, el proceso ha dejado de ser el lugar donde ocurre lo importante para convertirse en un simple trámite.

En “Oda al proceso”, Nuria Oliver introduce una advertencia que va mucho más allá de la nostalgia por el esfuerzo o la pedagogía clásica. Su tesis conecta directamente con el momento tecnológico que vivimos: en un entorno tan mediado por la inteligencia artificial, donde los resultados pueden obtenerse de forma casi instantánea, corremos el riesgo de desvincularnos del proceso que nos forma.

No es solo que hagamos las cosas más rápido, es que empezamos a no hacerlas.

Y eso tiene consecuencias.

21 de marzo de 2026

Innovación territorial, inteligencia artificial y liderazgo público.

Hace algunas semanas tuve la suerte de ser entrevistado por Pilar Moreno dentro del programa de entrevistas de Nueva Burocracia, el podcast impulsado por Valencia Innovation Capital del Ayuntamiento de Valencia, en colaboración con la Fundación NovaGob.

Acaba de publicarse la entrevista en formato podcast y os la pego aquí transcrita por una herramienta de IA cualquiera. 

Lo errores son todos míos, los aciertos de Pilar Moreno y de la herramienta que ha transcrito nuestras voces. 

Si queréis escucharlo directamente lo tenéis aquí -  https://www.youtube.com/watch?v=fuNwCc9Uat8 


22 de febrero de 2026

Las Administraciones públicas como fábricas de NPCs.

Hay metáforas que incomodan precisamente porque funcionan.

La del NPC—ese non playable character de los videojuegos que repite siempre las mismas frases, ejecuta rutinas previsibles y carece de capacidad real para alterar el curso de la historia— es una de ellas.

Trasladada al ámbito de las Administraciones públicas, la comparación resulta provocadora, incluso injusta a primera vista. Pero quizá por eso mismo merece ser explorada con calma, sin caricaturas ni simplificaciones, como un recurso analítico para pensar cómo funcionan hoy muchas organizaciones públicas y qué tipo de comportamientos acaban incentivando.

Conviene empezar aclarando conceptos.

Hablar de NPCs en la Administración no significa, ni debe significar, descalificar a las personas que trabajan en ella. No se trata de cuestionar su profesionalidad, su compromiso ni su preparación. Tampoco de negar que el marco jurídico impone límites claros y necesarios a la actuación administrativa. La metáfora apunta a otra cosa: a describir dinámicas organizativas en las que el margen para el juicio profesional, la interpretación contextual o la toma de decisiones con sentido estratégico se reduce hasta casi desaparecer.


NOTA: Podéis ver la entrada completa publicada bajo el mismo título en el Blog de esPublico, disponible en el siguiente enlace.

27 de enero de 2026

El Rincón de las Mentiras (sin mentir)

Hay una escena bastante común en cualquier organización, pública o privada.

Tenemos una diapositiva con indicadores impecables, series temporales bien alineadas y porcentajes que, a simple vista, parecen incuestionables. Todo encaja. Todo es correcto. Y, sin embargo, algo no termina de cuadrar en la realidad que estos datos pretenden describir. Las decisiones se toman, los programas se evalúan, pero los resultados sobre el terreno no siempre acompañan. No porque los datos estén mal, sino porque quizá están diciendo menos de lo que creemos… o algo distinto.

Durante años hemos insistido —con razón— en la importancia de decidir con datos y no solo con intuiciones. Pero hay un terreno intermedio mucho menos explorado: qué ocurre cuando los datos son técnicamente correctos, pero conceptualmente frágiles. Cuando no mienten, pero inducen a error.

Un primer problema habitual es la agregación. Los indicadores agregados son útiles para tener una visión general, pero peligrosos cuando se convierten en el único marco de decisión. Pensemos en una tasa de empleo que mejora a nivel regional. El dato es real. La metodología es sólida. Pero ¿qué ocurre si esa mejora se concentra en determinados perfiles o territorios, mientras otros siguen estancados o incluso empeoran? El indicador “funciona”, pero oculta dinámicas internas relevantes. La política pública, guiada por ese buen dato, puede concluir que el problema está resuelto cuando, en realidad, solo se ha desplazado.

Otro foco de fragilidad está en los proxies. Muchas variables clave en políticas públicas no se pueden medir directamente, así que recurrimos a indicadores sustitutivos. Número de atenciones como proxy de impacto social. Expedientes resueltos como proxy de eficacia. Horas de formación como proxy de mejora de capacidades. De nuevo, nada incorrecto desde el punto de vista estadístico. El problema aparece cuando el proxy se independiza del fenómeno que pretende representar. El indicador mejora, pero la realidad subyacente no necesariamente lo hace.



NOTA: Podéis ver la entrada completa publicada bajo el mismo título en la Newsletter de El Rincón de los Datos, disponible en el siguiente enlace