Tengo un agente de inteligencia artificial. Se llama ArgOS.
No lo he comprado, no forma parte de ninguna aplicación ni tampoco apareció tras una actualización de software. Llevo varias semanas construyéndolo, pero en realidad, mientras intentaba diseñarlo me di cuenta de que estaba ocurriendo algo mucho más interesante: había dejado de utilizar la inteligencia artificial como una herramienta para empezar a trabajar con ella como un compañero.
Durante los últimos dos años he hecho lo mismo que millones de personas. Le he preguntado dudas, le he pedido resúmenes, me ha ayudado a preparar conferencias, a revisar artículos, a encontrar referencias bibliográficas o a ordenar ideas antes de escribir. La inteligencia artificial ha ido ocupando un espacio cada vez mayor en mi trabajo diario, hasta convertirse en una pieza habitual de mi actividad profesional.
Sin embargo, había algo que seguía sin convencerme. Cada conversación empezaba desde cero. Era como trabajar todos los días con un colaborador brillante que, al terminar la jornada, olvidaba por completo quién eras, en qué proyectos estabas inmerso y por qué habías tomado determinadas decisiones semanas atrás.
Durante mucho tiempo pensé que el siguiente salto consistiría en disponer de modelos todavía más inteligentes. Hoy creo que estaba equivocado. El verdadero cambio no llegará cuando la inteligencia artificial responda mejor a nuestras preguntas. Llegará cuando deje de limitarse a responder preguntas.
Por eso empecé a construir ArgOS.
Atentos, porque el nombre tiene un doble significado.
Por una parte está Argos, el perro de Ulises que, tras veinte años de ausencia, es el único capaz de reconocer a su dueño cuando regresa disfrazado a Ítaca. Siempre me ha parecido una de las escenas más conmovedoras de la Odisea porque habla de memoria, de reconocimiento y de continuidad. Por otra, las dos últimas letras —OS— remiten deliberadamente a la idea de Operating System. Porque eso es exactamente lo que pretendo construir: un sistema operativo para mi trabajo intelectual.
ArgOS no es una aplicación. Tampoco un GPT personalizado. Y, desde luego, no es un proyecto para automatizar mi trabajo. Mi objetivo es mucho más modesto y, al mismo tiempo, mucho más ambicioso: construir un agente capaz de conservar el contexto de aquello que realmente importa.
La palabra clave es precisamente esa: contexto.
Con el tiempo me he dado cuenta de que la mayoría de las conversaciones que mantengo con la inteligencia artificial son completamente efímeras. Si le pregunto por la historia de una librería en París, por el significado de un concepto filosófico o por la potencia de un cargador, la conversación termina cuando obtengo la respuesta. No necesito que nada de eso permanezca.
En cambio, cuando estoy escribiendo un artículo, preparando una ponencia, desarrollando un proyecto de innovación o tomando una decisión importante, el verdadero valor ya no está en la respuesta. Está en todo lo que ocurrió antes de formular la pregunta. En las decisiones que ya hemos tomado, en los argumentos que descartamos, en las ideas que quedaron aparcadas o en los criterios que hemos ido construyendo con el tiempo.
Ahí es donde un agente empieza a diferenciarse de una simple conversación.
Mientras diseñaba ArgOS tomé una decisión que, curiosamente, terminó convirtiéndose en la regla más importante del sistema: por defecto, ninguna conversación pasa a formar parte de su memoria. Solo permanecerá aquello que pueda ayudarnos a trabajar mejor dentro de unos meses o incluso dentro de unos años. El resto debe desaparecer con absoluta naturalidad.
Puede parecer una paradoja, pero empiezo a pensar que la inteligencia de estos sistemas no dependerá de cuánto sean capaces de recordar, sino de cuánto sean capaces de olvidar.
Desde la Administración pública solemos hablar de sistemas de información, de gestión documental, de expedientes electrónicos o de bases de datos. Todos ellos son imprescindibles, pero quizá la siguiente evolución consista en algo distinto: construir agentes capaces de mantener el contexto de nuestro trabajo. Agentes que recuerden por qué se adoptó una determinada decisión, qué alternativas se descartaron o qué experiencia acumulada puede resultar útil cuando un proyecto vuelve a ponerse encima de la mesa meses después.
No creo que el futuro pase por delegar nuestras decisiones en una inteligencia artificial. Al contrario. Cuanto más potentes sean estas herramientas, más importante será preservar el criterio humano. Precisamente por eso quiero que ArgOS no decida por mí. Quiero que me ayude a pensar mejor, que me recuerde aquello que merece ser recordado, que me advierta cuando detecte una contradicción y que sea capaz de retomar un proyecto exactamente donde lo dejamos la última vez.
No sé si dentro de cinco años seguiré utilizando el mismo modelo de inteligencia artificial. Probablemente no. Tampoco sé si ArgOS acabará siendo exactamente como hoy lo imagino. Lo que sí tengo claro es que ya no busco una aplicación que responda más deprisa ni un modelo que escriba mejor. Estoy intentando construir un agente con el que ser verdaderamente más productivo.
Durante años hemos abierto un chat para hacer preguntas.
Dentro de muy poco, invocaremos a nuestro agente para acompañarnos durante toda nuestra jornada laboral.
Que no es poco.
Nos vamos leyendo.
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