Existe una cualidad poco visible, pero decisiva, en todas las organizaciones que consiguen transformarse de verdad. No es su presupuesto. No es el uso que hacen de la tecnología. Ni siquiera el liderazgo entendido como carisma personal. Es algo más sutil y, al mismo tiempo, más profundo: una forma de inconformismo disciplinado que empuja a cuestionar lo establecido sin caer en el caos: José Ortega y Gasset lo llamó «inquietud ordenada».
La expresión resume una idea extraordinariamente actual. La inquietud, por sí sola, puede degenerar en ansiedad, dispersión o activismo improductivo. El orden, sin inquietud, conduce a la rutina, la burocratización y la repetición mecánica de procedimientos cuyo sentido original se ha olvidado. La combinación de ambos elementos da lugar a una actitud intelectual y moral que consiste en no conformarse con la realidad tal como es, pero abordar su transformación con método, reflexión y propósito.
Ortega concebía la vida humana como una tarea inacabada. El ser humano no recibe una existencia resuelta, sino que debe construirse continuamente en diálogo con su circunstancia. «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo». La frase, tantas veces citada, encierra una poderosa lección para las Administraciones públicas. Las instituciones no son estructuras inmóviles; son organismos vivos insertos en una realidad cambiante que deben reinterpretar y mejorar de forma constante para seguir siendo útiles.
NOTA: Podéis ver la entrada completa publicada bajo el mismo título en el Blog de esPublico, disponible en el siguiente enlace.

No hay comentarios:
Publicar un comentario